El lunes extraño

Me siento cobarde. Sergio estuvo escribiéndome todo el día, y tomé la excusa de estar en la montaña desconectando… que era verdad en parte, pero al llegar a casa por la noche tampoco le escribí.

Hoy ya es lunes y lo del fin de semana me parece muy lejano, él me parece muy lejano. Y no es que me arrepintiese de lo que había pasado, solo que no tenía las ideas muy claras. Camino al trabajo fue cuando me atreví a leer sus mensajes, creo que me daba miedo que no tuviésemos la misma idea de relación… si es que se podía llamar así. Mis miedos tomaron forma al leer el tono cariñoso que tenían los chats. No es que mandase muchos, pero el mensaje quedaba claro. Me decía que si volvía pronto de la montaña podía pasarme por su casa, que lo había pasado muy bien, que hacía tiempo que no conocía a alguien así. Sí, puede ser que solo me quisiese por mi faceta sexual, pero todo iba muy rápido. Así que contesté a sus mensajes disculpándome por no haberle escrito, usando iconos que quitaban un poco tensión. Le dije que durante la caminata había puesto el teléfono en modo avión y al volver estaba muy cansada y se me olvidó quitarlo. Me contestó enseguida por si quería que sacásemos a pasear a los perros esta tarde, pero le dije que hoy me venía un poco mal, que sería un paseo corto y mejor lo dejábamos para el día siguiente. Me contestó que no le importaba verme, aunque fuese un instante. No sabía por donde salir, así que supongo que pensé que no me haría mal verle y así descubrir lo que sentía realmente, si me hacía más tilín de lo que pensaba y por miedo a ir demasiado rápido yo quería más espacio, o si por el contrario si ese miedo era porque mi interés por él había acabado con nuestro encuentro sexual.

Claro está que en el trabajo tenía la cabeza en otra parte. Envié varios correos olvidándome de los adjuntos y empecé a tener acumulación de trabajo. Los lunes suelen ser día más de organización de la semana que otra cosa, pero hoy entraba trabajo como nunca. A media mañana la cosa se puso más extraña. Un mensajero traía un ramo de rosas rojas a mi puesto. Me quedé blanca. Pensé en que Sergio era un psicópata. No solo porque no hubiese pasado ni un día y ya me mandase rosas, sino porque no le había dicho dónde trabajaba, y eso me resultaba un poco “stalker”. En ese punto creo que mi cara estaba roja, más de enfado que de vergüenza. Estaba a punto de coger el móvil y escribirle, diciéndole que si estaba mal de la cabeza, pero entonces pensé que solo eran flores, que no me tenía que estresar, que era un detalle y no una agresión. Las miradas curiosas a mi alrededor no ayudaban. Me fijé entonces en que las flores tenían una nota. Lo mismo antes de enfadarme la tenía que haber leído, porque para mi sorpresa en la nota solo ponía: “De un admirador de la planta 7ª”. Vaya, que no era Sergio, que era de un compañero de trabajo. Cojonudo. Lo que tenía que ser un detalle, y algo bonito me estaba jodiendo bastante. Alguien preguntó que de quién era, y justo pasó mi jefe, que dijo algo así como “así que esa es la razón de que se te vea tan despistada”. Vamos, lo que faltaba, que ahora solo por estar hipotéticamente enamorada tienes que ser menos eficiente en el trabajo. Debió notar en mi cara un gesto de desaprobación que dijo: “bueno, a todos nos ha pasado alguna vez”. Dejé las flores a un lado e intenté seguir con mi trabajo. Ahora se me iban los pensamientos no solo a Sergio, también a intentar averiguar quién era mi admirador secreto.

En la comida notaba más miradas de lo habitual. Claro que no es normal que manden flores (por lo menos en nuestro trabajo), pero de ahí a ser la comidilla… Y las compañeras venga a sonsacar. Digo compañeras como podría decir coincidentes laborales. Ahí no tengo ninguna que pueda llamar amiga de verdad. No sé si es por carácter o por principios; casi todas casadas y con hijos, monopolizan las comidas hablando de biberones, pañales y cacas, siendo generosas en detalles de colores y texturas, convirtiéndolo en una suerte de cacamancia, donde mirando las cacas o los vómitos de sus pequeños pueden adivinar exactamente lo que les pasa. No sé que me irrita más: que siempre sea en la hora de la comida, que no tengan más temas de conversación o que te crean una fracasada en la vida por no tener pareja y al menos dos vástagos cagones. Su segunda afición, después del tema caca, es intentar ennoviar a las solteras. Da igual que digas “Si yo estoy bien como estoy” que ellas te mirarán incrédulas pensando que todos queremos exactamente sus vidas calcadas y monótonas de marido-niños-coche y chalet.

Así que aunque jurase y perjurase que no pasaba nada ellas sentían que estaba distinta, que si tenía pareja. Me daba ganas de contarles con todo detalle y a lo bestia mi encuentro con Sergio, pero vamos, no merecía la pena.

Después de comer, mientras me lavaba los dientes, me miré al espejo. ¿Es que realmente tenía algo especial? ¿era el cambio de la terapia? ¿el polvo después de tanto tiempo? La verdad es que ahora mismo estaba a gusto sola. Creo que no quería nada serio. Me estaba contestando a la pregunta que no sabía responderme el fin de semana, si lo de Sergio era algo esporádico o no. Y ya lo sabía. Volví a casa algo triste y hecha un lío. Con un ramo de rosas que no creo que me mereciese. La gente sonreía al verme con el ramo: en el ascensor, de camino al tren, en la calle… y yo con una cara muy seria de acelga. No me apetecía nada ver a Sergio, no porque no me gustase sino quizás porque sentía que le estaba utilizando y no soy así. Tenía que ser sincera ir a verle y contarle lo que sentía, y cortar de raíz antes de que fuese la cosa a más.

Puse las flores en remojo y salí a pasear a Marx y a encontrarme con Sergio. Parecía que mi corazón iba a explotar.

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-Sandra       


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