El Sueco

Dejé la historia del resto de mis ex para hoy lunes, que aunque voy pillada de tiempo, porque mañana tengo la sexy terapia, como le han apodado mis amigas las estrogeneras. Si lo he dejado para hoy es porque ayer solo quería recordar la salida con las chicas y no darle vueltas a temas de amoríos podríos. Pero ahora, por fuerza tengo que hablar de mis otros ex, así que más vale quitármelo ya, de golpe.

Tras mi ruptura con mi gran amor, Diego, entré en una fase depresiva… no es que me metiese todo el día en la cama, pero sí que tenía pocas ganas de hacer cualquier cosa. Era el último año de carrera, así que tenía muchas decisiones que tomar: si hacer un máster o buscar trabajo inmediatamente… pero claro, mi cabeza no estaba por lo que estaba. Y mi cuerpo también se encontraba en huelga: ocurrió lo inaudito: adelgacé 10 kilos, la cara se me quedó como una calavera, aunque mi culo aún seguía resistiendo y no parecía que se hubiese reducido lo más mínimo (un cuerpo pera siempre será un cuerpo pera). Mis amigas intentaban animarme y mis padres que no sabían ni la mitad de la historia intentaban saber qué me pasaba y en qué podían ayudarme. Creo que fue cuando más unida me sentí a mi familia. Incluso mis hermanos bromearon diciendo que si tenían que partir las piernas a alguien y esas cosas… bueno el mayor, porque el pequeño estaba molesto conmigo por no haber seguido con la relación porque se había hecho muy buen amigo de Diego.

Pero no hay mal que cien años dure. Poco a poco iba recobrando mi corazón y las ganas de hacer cosas. Así que animada por mis amigas un día nos fuimos a una discoteca y me enrollé con un chico. Yo le suelo dar muchas vueltas a las cosas y esa fue, con diferencia, la cosa más loca que yo he hecho. Me sentía tan despechada por mi ruptura que me dije: “una mancha de mora con otra se quita” y lo mismo fue el cubata o mis amigas picándome con el “no hay huevos de enrollarte con el más macizo del local” y los “qué tienes que perder” que ni me lo pensé dos veces. Directa que fui a uno que me pareció apetecible (como digo, esto no es lo que suelo pensar, pero estaba un poco trastocada). El chico en cuestión estaba en la barra tomando cervezas con un par de amigos. Sé que le dije una parrafada en plan: “mira, me has parecido mono y hoy necesito compañía, si te parece nos vamos a un hotel…”. El chico me miró con cara estupefacta. Por lo visto había dado con el único extranjero de la sala.

Creo que era un sueco, y me avergüenza decir que ni recuerdo el nombre. El momento a priori parecía incómodo. Al darme cuenta de que no hablaba mi idioma, lejos de amilanarme hizo que sacase fuerzas para decirle lo mismo en inglés. Pero uno de sus amigos se adelantó e hizo de intérprete y no sé muy bien lo que dijo, porque la música del local estaba fuerte, pero entre sus frases distinguí un “you´re a lucky man”. El sueco me miró de arriba a abajo, haciéndome sentir un poco como mercancía, pero no era ni más ni menos que lo que yo había hecho minutos antes: solo era un pedazo de carne y lo iba a usar para mis fines, él estaría pensando lo mismo. El sueco me tomó de la cintura y me dio un morreo que no estuvo nada mal. Nada mal para no estar acostumbrada a dejarse llevar, ni a enrollarme de esa forma. Sus amigos se daban codazos y reían. Mis amigas lo estaban flipando. Pero claro, yo ni me di cuenta de sus reacciones porque enseguida se puso la chaqueta y salimos del local.

Lo poco que hablamos fue para ver dónde íbamos. Me dijo que él estaba alojado en un hotel cercano, que si me apetecía. A lo cual yo sin pensarlo le dije que sí con un beso con el que le debí meter la lengua hasta la campanilla. Así que apuramos el paso, cada vez tocándonos más. El camino se me hacía muy largo, creo que temía que me diese miedo en el último momento, pero a esas alturas estaba tan cachonda que mi cabeza no tenía voz ni voto.

Recuerdo como en un sueño cómo subimos por el ascensor, como él ya metía una mano dentro de mi blusa abriéndose paso con el sujetador. Yo mientras le apretaba el culo… pero él enseguida retiró mi mano y la dirigió hacia su paquete. Lo que da de sí un viaje en ascensor…

No nos despegamos ni para abrir la puerta de la habitación. Cerró la puerta y visto y no visto nos desnudamos, era una mezcla de juego y guerra: a ver quién desnuda antes a quién. Lo bueno es que ahí solo había ganadores. Él tenía un cuerpo bonito: torso y brazos bien definidos (partes de la anatomía masculina que me vuelven loca) tal vez algo delgado, pero era estupendo. No sé si era la excitación, pero parecía que ese sueco tenía mil manos. Estaba en todos los sitios, aunque creo que él sentía lo mismo, porque no dejaba de acariciarle por todas partes, maravillándome de los milagros del cuerpo humano, pero en un momento dado no pude más y le pedí que me diera lo mío. (give me what is mine!) Y ahí llegó lo único de lo que me arrepiento: no teníamos preservativo… y ni él ni yo parecía que tuviésemos ganas de salir a buscar condones a las tantas de la noche y estropear el momento. Y mira que había opciones, que hay muchas cosas interesantes que se pueden hacer sin penetración. Pero yo lo que quería era que me quitase la marca de Diego, mi gran amor y única pareja sexual, que me lamiese todo el cuerpo, que me penetrase salvajemente, que con sus fluídos y su olor se me quitase el olor y los recuerdos de Diego. Y sí, por un momento claro que me olvidé de Diego; de Diego, de mi misma y de cualquier otra cosa. Fue, seguramente el mejor polvo y nunca supe su nombre, porque creo que, entre otras cosas nunca le pregunté what´s your name?

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"Tienes que cambiar y una polla de goma no va a cambiar lo que tienes que cambiar."    
-Sandra       


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