La carta

“Hola Claudia,

No me conoces y probablemente no hayas reparado nunca en mi. Que trabajemos en distintos departamentos y en pisos diferentes lo hace más difícil aún. Soy Alberto, el chico de la 7ª planta, trabajo en la sección de informática. Me gustaría conocerte porque me pareces muy interesante. No sé si te vendría bien después del trabajo o algún fin de semana. Si quieres contactamos por correo electrónico por si quieres quedar.”

Corta pero directa. Solo quería conocerme. Y era tímido, aunque se había atrevido a dar el paso y darme esa carta… bueno y anónimamente darme flores y bombones.

Llegué a casa, pensando en la carta y en el chico tímido. ¿Qué debía decirle? ¿Quedar, no quedar? Si solo quería conocerme no creo que importase que estuviese pasando lo que estuviese pasando. Pero no me quise complicar por el momento, así que le quise escribir cuanto antes para dejarle las cosas claras, así que antes de sacar a pasear a Marx le envié un email bastante breve.

“Hola Alberto,

Primero, decirte que aprecio el esfuerzo que has hecho al contactar conmigo. Por otro lado comentarte que no sé si este es el mejor momento para conocerme. Estoy atravesando una época con muchos altibajos y una ruptura y ni yo misma sé quién soy.

Gracias por los detalles que has tenido conmigo.”

Leí y releí el email antes de enviarlo. Quería quitarme dolores de cabeza y zanjar el tema.

Paseé a Marx un buen rato, pensativa. Volví a casa y me di un buen baño; hacía siglos que no me daba uno, porque me gusta ahorrar agua pero también porque mi bañera es bastante pequeña. Me lo preparé como si fuese para un amante: con sales de baño, pétalos de rosa, velas, música relajante y una copa de cava.

En esos momentos estaba tranquila, me sentía libre y feliz, a pesar de toda esa semana de locura.

Preparé una cena ligera y mi idea era leer un rato, tenía una novela a la mitad y hacía días que no la retomaba, entre trabajo, polvos y escritura del blog. Ya tirada en el sofá dispuesta a darme al placer de la lectura, mis ojos se desviaron del libro hacia el ordenador. Sabía que tenía que revisar mi bandeja de entrada por si Alberto me había contestado, aunque una parte de mi no quería hacerlo. Al final pensé que fuese lo que fuese tendría que comprobarlo tarde o temprano y que era probable que si lo dejaba sin mirar no me podría concentrar en la novela. Me levanté y encendí el ordenador. Tenía respuesta.

“Hola Claudia,

Entiendo lo que debes de estar pasando. Yo también estoy pasando una época muy extraña, he perdido a un familiar muy cercano y en estos casos te haces preguntas que no te hacías antes, te sientes perdido en muchos aspectos. Respeto tu decisión si no quieres quedar conmigo si estás pasando una mala época; pero si te animas, me conformo con tomar un café y conocerte”.

Lo mismo no tenía que haberlo leído. Ahora me sentía peor. Yo me sentía mal por mi historia truncada con mi follamigo, y resulta que él estaba destrozado por la muerte de un ser querido. Me sentía egoísta y no sabía qué hacer. Bueno, en parte sí. Le contesté que cuando estuviesen las cosas más calmadas me tomaría con él ese café.

Y así quedó la cosa.

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