La familia

El fin de semana fue un poco melancólico. No sé si era el síndrome de abstinencia sexual o por la maravillosa idea que tuve de ir a visitar a mis padres el domingo estando tan baja de ánimo. Y no es que fuera del todo mal, pero me quedé con la sensación de que hubiese sido mejor haber quedado con mis amigas y haber hecho algo divertido para animarme.

El ir a casa de mis padres significa mentalizarse para el largo trayecto en transporte público y coger fuerzas mentales para esquivar las pullas de mi madre. Vivo en el centro de Madrid y no veo útil tener un coche para moverme ahí. No veo mucho a mis padres, así que lo que necesito lo tengo cerca y ni para trabajar, ir al gimnasio o comprar necesito coche. Como dice mi madre: “¿Y si ocurre una emergencia?” “Pues llamo a una ambulancia, a un taxi o a mis amigas. Dudo que me dejen morir desangrada”.

Lo único que me animaba a salir e ir a la sierra era el tiempo: hacía muy bueno, soleado y primaveral. Mi idea era llegar con tiempo para poder dar una vuelta por el pueblo con mis padres y luego comer con ellos, un rato de sobremesa y no volverme muy tarde. El problema es que perdí el autobús, y hasta casi una hora más tarde no había otro. Así que tuve que hacer tiempo en el intercambiador y llamar a mis padres para decirles que llegaría más tarde. Mi madre ya empezó con que siempre me pasa lo mismo, que si no voy con tiempo de sobra (cosa que no es verdad, en todo lo demás me paso de puntual. Así que tal vez sea el subconsciente lo que me haga llegar tarde cuando quedo con mi familia). Después volvió con la retahíla del coche. “¿ves como necesitas el coche?”. Colgué el teléfono más irritada aún. Llevaba una botella de vino que me daba ganas de lanzar al suelo y cancelar la comida. Finalmente me apiadé del vino, que era del bueno, y le llevé a dar una vuelta a las tiendas del intercambiador.

Tras la espera y el viaje llegué a casa de mis padres. Saludos y abrazos, mi madre estaba notablemente más suave que cuando había hablado conmigo por teléfono, es posible que mi padre hubiese mediado con ella. Lo bueno es que aún daba tiempo a dar una vuelta antes de comer, así que mientras paseábamos hablamos de lo bonito que estaba todo, del calor que hacía y de la naturaleza que se estaba volviendo tarumba con el cambio de tiempo y la primavera adelantada. Vimos abejas, mariposas y los almendros florecidos a más no poder. Era un regalo para la vista. Además agradecí que no hablásemos de nada que llevase a una discusión. Así que todo muy cordial y muy bien… hasta que mi padre comentó que se me veía muy bien y muy guapa. Bromeé y dije que sería por el pintalabios. Mi madre no perdió ocasión y dijo que no le gustaba ese color, que era muy fuerte para mi piel. ¡Zás, la primera en la frente!. “Pues a mi me gusta mamá, que no te guste no me prohíbe llevarlo ¿no?”. Esa contestación la irritó, pero antes de que contestase mi padre cambió bruscamente de tema y me contó sobre su nueva ocupación.

Mi padre era un abogado jubilado. Como ha vivido por el trabajo y solo por su trabajo, ahora estaba pasando una crisis de aburrimiento mortal en casa. Mi madre, que también ejerció la abogacía (se conocieron en la facultad de derecho) una vez que se casó y empezó a tener hijos dejó el trabajo. Por aquel entonces la mujer se tenía que dedicar a la casa y a los hijos sí o sí. Nada de compartir tareas. Aunque mi madre no dejó el trabajo del todo. Escribió varios libros y ha tenido otras inquietudes, pero para mi padre toda su vida ha sido el bufete, así que hace un año o así se preguntó qué otra cosa haría y empezó construir réplicas de barcos y paisajes a escala.

Gracias a las anécdotas de mi padre el ambiente se relajó un poco. Pero al llegar a casa mi madre me preguntó, como si de un interrogatorio se tratase, que a qué se debía mi visita, porque llevábamos un par de meses sin vernos y pronto sería el día del padre, que porqué había ido a visitarles si nos veríamos en cuestión de un par de semanas; Que si estaba muy cambiada y que tampoco me sentaba bien el pintauñas, que ya tenía una edad para usar otro tipo de color. Otra vez metiéndose con mi aspecto. A esas alturas de la película estaba por coger el siguiente autobús, el hecho de que había uno cada hora es lo único que me retenía.

– ¿Por qué siempre tienes que cuestionar todo? Me iría ahora mismo de aquí.

– ¿Ves? si tuvieses un coche podrías hacerlo.

Siempre llevándolo a su terreno. Me mordí la lengua, porque recordé el porqué estaba ahí, para ver en qué estado estaba nuestra relación. Por muy mal que fuese esto también sería material para la sesión de coaching, así que puse la mesa sin decir más y empezamos a comer.

La comida en sí fue bien. Mi madre es una gran cocinera y aunque sea muy picajosa conmigo en la comida demuestra que me quiere, porque siempre hace la comida que me gusta y se ve que se esmera. Agradecí esos momentos de tregua. Recordamos algunas anécdotas de cuando era pequeña y las putadas que me hacían mis hermanos. Les pregunté sobre cómo se conocieron, anécdotas pre-hijos. Pero en el postre mi madre contraatacó.
– A ti se te ve muy bien. ¿No te habrás ennoviado?

En ese momento me dio ganas de contestarle: “no madre, ennoviado no, tengo un follamigo FO-LLA-A-MI-GO”. Pero fui cauta y contesté con una verdad a medias.

– Tan solo un admirador en el trabajo.

– ¿Nada más?

– Puede, ya te enterarás a su debido tiempo.

La dejé con la incógnita y aunque intentó sacarme más información no le dije nada más que los detalles de las flores y los bombones, con eso se calmó su ansia informativa.

He de reconocer que, quitando el hecho de meterse con mi aspecto y mis decisiones (solía meterse con mi ropa a menudo) es verdad que mi madre era muy perspicaz. Supongo que es algo que adquieres cuando pares: sueltas al bebé y te da el superpoder de saber leer entre líneas los pequeños detalles y saber si tu descendiente ha empezado a fumar, se ha saltado una clase o ha empezado a tomar la píldora.

Después nos echamos una siesta en el enorme sofá que tienen en el salón, donde entramos los tres tumbados sin llegar a molestarnos mientras mi padre ponía una de esas películas malas que le encantan. Al final me quedé más tiempo del que pensaba. Y sin más gresca nos despedimos hasta el día del padre.

Al final no había resultado tan malo el domingo, pero me daba mucha pena no tener mejor relación con mi madre para contarme mis miedos, mis aventuras (sin detalles pornográficos, claro). Lo mismo es cuestión de tiempo y más adelante aprendemos a entendernos mejor, quien sabe.

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