Mi gran Amor

¡Por fin es fin de semana! Ahora puedo escribir más tranquilamente y relajada después de una sesión en el gimnasio: un poco de máquinas y media horita en la piscina. Me siento muy animada. Es posible que sea porque esta noche salgo con las chicas y terminaremos de maquinar el cumpleaños semisorpresa de Carmen de la próxima semana… pero también porque hemos seguido en contacto Sergio (el chico del parque) y yo. A través del Line. ¡Bendita tecnología!

El primer “Line” lo recibí cuando estaba cenando, el mismo día del encuentro. “Saludos a Marx” junto a un icono de un perro muy salao. Tardé un poco en contestarle, que tampoco quería parecer desesperada. Estuvimos chateando un rato. Nos deseamos un buen fin de semana, que él salía con unos amigos a la sierra y ya hablaríamos para los paseos de cara a los próximos días.

No quiero emocionarme mucho. Solo he hablado dos veces con él y, bueno, los chats de Line, que tampoco ha sido mucho. Lo que sí quiero es ir poco a poco, no quiero que acabe como las historias con mis ex… sale el tema solo… hoy precisamente quería hablar de los ex, exclusivamente, aunque mi consciente ha querido que mencionase al chico del parque.

Raúl fue el primero, yo estaba en el instituto, en octavo y pasamos varios meses tonteando. Empezamos a salir tal vez forzados, cuando también empezaron nuestros amigos Luís y Sandra, porque creo que fue más la presión que las ganas de salir juntos. Nos caíamos muy bien, éramos buenos amigos, pero poco más, no es que hubiese una gran química entre nosotros. Además, era raro ver los opuestos en las dos parejas: la relación de Luís y Sandra, que era un fogoso amor adolescente, lo más normal en esas edades, todo el día besuqueándose, mientras que Raúl y yo éramos todo lo contrario, con nuestra relación gélida y con apenas contacto físico. Tardamos un siglo en darnos la mano y en besarnos no sé cuánto. Lo más raro es que lo dejamos pasadas unas dos semanas, no sé si porque se había enfriado más aún por no echar leña al fuego, o porque eso no iba a ningún sitio.

Creo que me quedó una sensación de culpabilidad, de no gustarle lo suficiente, o no besarle bien. Años más tarde me enteré de el porqué de su frialdad: era gay. Supongo que por entonces aún no lo sabía o no lo había aceptado. Mirándolo con perspectiva es posible que muchos de mis fracasos posteriores se debieran a esta primera relación, el no sentirme querida, amada… me dio un extra de inseguridad.

Despúes de eso, hasta la facultad yo era feliz con mi vida y mis amigas y no necesitaba relación romántica alguna. El sexo no me llamaba demasiado… si tenía una necesidad me auto-satisfacía y listo. Pero la cuestión es que tras algún tonteo con algún compañero de clase en primero de carrera me empecé a despertar… en ese sentido. Como diría Sandra -A ti te pica- ¡Olé su finura!

Fue por aquel entonces que Sandra vino a hacer una visita por navidades (si no me equivoco era el año que estuvo en Francia) y como venía poco tiempo aprovechó y quedamos con un primo suyo muy majo, al que conozco de toda la vida, y un amigo mutuo. Bueno, lo del poco tiempo fue la excusa, yo creo que ella sabía exactamente que estábamos hechos el uno para el otro y quiso que nos conociéramos.

Lo de Diego fue inmediato, lo que nunca me había pasado: amor a primera vista. Él era… y sigue siendo un sol, me consta. Fue mi primera relación de verdad, mi gran amor y mi primera pareja sexual. Me cuesta escribir estas palabras, se me está encogiendo el estómago de recordar la historia tan bonita que vivimos. Sé que va a ser difícil, pero voy a intentar hacerlo lo mejor que pueda.

Diego físicamente me volvía loca: era un hombretón: algo más alto que yo y daba abrazos de oso que hacía que me sintiese protegida. No se podría decir que fuese exactamente guapo: su nariz era algo grande y tenía una cara muy angulosa. Pero era terriblemente atractivo. Supongo que en parte porque la belleza interior le salía por fuera. Era deportista, pero no vigoréxico. Le gustaba ir a correr y se desvivía por sus amigos. Hacía que todo el mundo se encontrase cómodo y le encantaba viajar y conocer gente. Miento: no le gustaba conocer gente, le gustaba hacer amistades. Si le conocías estabas perdido: solo podías quererle.

En fin, no puedo escribir ahora mismo más porque estoy empezando a llorar y es difícil ver la pantalla y las teclas.

Prosigo: Lo que más me gustaba de Diego era que te sentías cómoda siendo tu misma, a pesar de tus errores y defectos. Era como una extensión de mi, aunque no opinábamos lo mismo siempre solíamos estar muy compenetrados y teníamos gran complicidad, con la mirada nos lo decíamos todo. De hecho podíamos pasar tardes mirándonos a los ojos… miento. No durábamos ni 5 minutos, jugábamos a ver quién se reía antes y enseguida empezábamos a reír y casi siempre acabábamos en la cama. No solo era generoso en el terreno amistoso. También en el sexual. Tuvo paciencia conmigo porque él ya había tenido alguna relación que otra y yo era virgen. Aunque al principio costó, luego fue como la seda y siempre priorizaba mi placer al suyo.

Mis notas por aquel entonces bajaron un poco, pero estaba justificado: fue una de las mejores épocas de mi vida: vale que trabajaba y estudiaba y tenía que estar a mil cosas, pero también viajé mucho y conocí a mucha gente gracias a él. Me ayudó a abrir la mente.

Tras 2 años, casi a punto de acabar la carrera me pidió en matrimonio. La idea era vivir juntos unos meses y luego “formalizar” la relación, pedir la mano a mis padres. Bueno, él lo decía medio en broma, solía decirme que estaba practicando y ponía voces y hacía el paripé de cómo hablaría con mi padre diciendo “Quiero pedir la mano de su hija… bueno, la mano, el brazo, las tetas… todo. Por cierto ¿le puedo llamar papá?” poniendo además acento de pijo, no sé porqué. Acabábamos muertos de risa y normalmente otra vez en la cama. Los polvos de risa lo llamábamos, cuando una situación ridícula o graciosa nos llevaba a hacer sexo.

Luego la cosa se enrareció. La convivencia no fue lo que esperábamos. No es que no nos complementáramos, o uno le diese más labores del hogar al otro. El problema eran algunos detalles que hicieron que pasase por una etapa extremadamente celosa. Se ponía a contestar al móvil a escondidas y hacer cosas sospechosas. Pensé que me era infiel. Así que la culpa fue compartida: aunque él no fue infiel realmente, hablaba con otras mujeres tratando de ocultármelo. Más tarde dijo que lo hacía porque no quería ponerme celosa ni molestarme. Y precisamente el no decirme las cosas claramente, o comportarse de forma poco natural fue lo que me hizo volverme loca. Y pongo loca porque eché a perder la relación por la poca paciencia, o la tensión de la cercanía a la “pedida”. Pedida que nunca llegó, claro. Mis padres nunca supieron lo cerca que estuvieron de tener un yerno.

Dejé de verle una temporada. Supongo que por salud mental, porque cada vez que le veía sentía que aún había algo y me arrepentía enormemente. Sandra, aunque sabía de él no me contaba nada. Y yo tampoco preguntaba, aunque a veces me metía en Facebook a curiosear. Poco a poco ese algo se fue apagando y pude empezar a hablar con mi amiga de él. Más tarde me contó lo que había sido de su vida. Y un día, mágicamente nos encontramos en un centro comercial. Yo me encontraba ese día paseando con mi último novio, Alex y Diego iba al lado de su pelirroja y perfecta esposa embarazada y un renacuajo de tres años igual de pelirrojo. Estaba al tanto de que se había casado y que había tenido un niño, pero verlo fue otra historia. Me entró una gran nostalgia y fue ahí cuando se desató en mí la sensación de que me habían robado una vida perfecta. Ese era el pack que me correspondía: el novio, la historia de amor, la boda y los críos. “No son perfectos” me intentaba mentir, porque lo eran, con sus imperfecciones estaban hechos el  uno para el otro, tal vez incluso más que él y yo.

Lógicamente delante suyo no me vine abajo, en casa Alex notó que estaba extraña y en lugar de animarme me estuvo sonsacando, si aún había algo entre nosotros y otras lindezas. Me montó un numerito curioso. Lanzamiento de objetos incluído. Pero no me adelanto tanto, aún quedan algunas historias de la facultad. Aunque lo contaré en el siguiente post, que estoy agotada y algo triste.

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"Tienes que cambiar y una polla de goma no va a cambiar lo que tienes que cambiar."    
-Sandra       


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