Mi historia

Por comodidad para mi ayudadora-terapeuta-coach Inma Balaguer, he dividido la información en varias partes. Creo que así se lee mejor, porque si no se le va a hacer eterno, que yo me enrollo como las persianas. Siempre me pasa cuando cojo confianza, primero soy muy calladita pero como empiece a sentirme a gusto no paro. Ese día no fue una excepción. Tras lo que me contó Inma sobre su vida, sentía que la mía en comparación había sido de color de rosa. Aunque todos tenemos siempre recovecos oscuros sobre los que preferimos pasar de largo.

Comencé por el principio: mi familia e infancia. Somos tres hermanos. Yo soy la mediana. Y nunca me he llevado demasiado bien con mis hermanos. Ellos le cortaban el pelo, la cabeza y hasta las piernas a mis muñecas (intentad cortar una pierna de una Barbie, no sé aún cómo lo hacían sin una herramienta específica). Siempre quise tener una hermana a la que contar mis secretos, porque lo único que podía hacer era escribir en un diario (que mis hermanos quemaron en una especie de ritual de bárbaros) Así que mientras ellos se dedicaban a hacer el bruto, yo era, lo que se podía decir, un ratón de biblioteca

Mis padres eran bastante estrictos y tradicionales. A pesar de ser la única niña la predilección de mis padres recaía en mi hermano pequeño, Marcos, que era muy abierto, risueño y divertido. Juan también era digno de admiración para mis padres: era todo un deportista y aunque quiso ser futbolista de élite, al final mis padres le hicieron cambiar de idea y buscar algo más estable de cara al futuro así que estudió INEF y fue profesor de educación física de instituto. Siempre ha sido muy inquieto y le ha gustado estudiar, así que hizo unas carreras más -sé que pareceré mala hermana pero no sé exactamente cuántas ni cuáles- Lo que sí que sé es que anda metido en varios proyectos relacionados con el deporte, y que nunca ha dejado de lado su labor docente.

Mi hermano pequeño, Marcos el risueño, cambió su sueño de actor/comediante por el de abogado. Y todo porque nuestros padres querían que todos estudiásemos una carrera ‘con futuro’. Eso sí, fácil no les fue, porque Marcos siempre ha sido el alma rebelde de la familia y estuvo algunos años cambiando de una carrera a otra. Yo creo que más para enseñar su rebeldía que por otra cosa.  Porque siempre ha tenido muy claro lo que quería: le gusta mucho el dinero y al fin y al cabo si conseguía ser abogado y moverse bien, era otro medio para llegar a ese fin.

Y yo… la mediana, el eterno rol del hermano que pasa desapercibido, que no sabe muy bien qué papel juega en la familia. El mayor hace el camino, los demás siguen de alguna forma sus pasos. Siempre hay un tiempo en el que el hermano mediano es el pequeño, en el que es la novedad, y como más débil de la familia hay que protegerlo más. Pero claro: pronto llega el pequeño que te desbanca y dejas de hacer gracia.

Sobre mis padres, creo que a estas alturas cualquiera puede hacerse a la idea de como son: ultraprotectores y muy tradicionales. No quieras emprender, no quieras lanzarte, no quieras hacer cosas novedosas… Sé que no lo hacen con maldad, que siempre han querido lo mejor para nosotros… sin saber que ellos realmente han querido “lo que ellos creen que es mejor para nosotros”. Pensando más en estabilidad económica que en felicidad o incluso en la salud mental.

El ejemplo más claro: a mi siempre me gustó la fotografía -aún hoy en día lo tengo como hobby- pero hubo un tiempo en el que me planteé ir a Inglaterra con Sandra para mejorar mi  inglés y hacer unos cursos para aprender el oficio en serio. Mis padres, con mucho tesón, consiguieron que me lo pensase mejor. No sé qué sería de mi si hubiese seguido a Sandra. Aunque ahora ya no me sirve ponerme a pensar en supuestos.

Además de esa sobreprotección paternal, también he notado desde que era muy pequeña  que la relación con mi madre no ha sido nunca natural ni fluida: las madres suelen peinar a sus hijas, vestirlas como si fuesen muñequitas. E incluso empalagarlas con colores rosas y peluches de unicornios. Pero mi madre no era así. No sé si cuando nací se comportaba igual, pero está claro que siempre noté un desapego hacia mi persona. Mi padre, en cambio, que suele ser el serio y severo, no sé si debía de darse cuenta y por compensación tendía a pasar más tiempo conmigo, o por lo menos hacerme algo más de caso y mostrarme algo más de cariño que a mis hermanos.

Muchos de esos ratos que mis hermanos pasaban corriendo, jugando a “cuchillosis” (lo que venía siendo perseguirse por la casa con un cuchillo imaginario en la mano estilo Psicosis) y haciendo el bruto yo lo pasaba leyendo. Los cuentos que me leía mi padre pasaron a libros del porqué de las cosas. Después ya era mayorcita para empezar a leer por mi misma y se me podía ver en cualquier rincón de la casa pegada a un libro. Otra de las cosas que me encantaba y por la que me llevé no pocas collejas de mis hermanos, era que me gustaba utilizar una pizarra para hacer cálculos. De muy pequeña me llamaron los números y me encantaba resolver problemas. Era como si fuese un detective que tenía que llegar a la solución correcta, a la verdad. Me parecía mágico. Así que ya fuera con libros de preguntas y respuestas, o se lo pidiese a mis padres, siempre tenía problemas que resolver en mi pizarra. La pizarra era un arma de doble filo: mis hermanos la usaban contra mi: en ocasiones cambiando números y haciendo que no cuadrasen las cuentas. Otras veces dibujando penes. Cuando me iba a chivar a mi madre la borraban apresuradamente y disimulaban haciendo de angelitos. Lo cual me crispaba doblemente, porque además del troleo sufrido por mis hermanos, mi madre me regañaba por hacerle perder el tiempo.

Para más inri, siendo todavía una niña -debía tener unos 12 años- descubrimos que tenía intolerancia a algunos alimentos. Otro motivo por el cual en casa me trataban como la rarita. Al principio pensaban que era por gusto, pero un día tuvimos un susto y entonces me tuvieron que creer.

No sé si por eso de encerrarme en mis libros y en mis números hizo que fuese un ratoncito de biblioteca y una persona introvertida y tímida. En el colegio no me relacionaba demasiado. Tenía un par de amigas pero tampoco podía pasar mucho tiempo después de clase con ellas (mi madre no aprobaba esas amistades, seguramente porque sus familias eran más humildes que la nuestra, suena raro pero es cierto) Yo siempre me he preguntado qué tenía que ver una cosa con la otra.

En el colegio, pasaba bastante desapercibida en general… hasta que daban las notas. He sido siempre buena estudiante precisamente porque siempre me ha gustado despejar incógnitas, resolver problemas y aprender cosas interesantes. Mis notas eran lo único que hacía que se metiesen conmigo, pero también tenía un “superpoder”, que era, precisamente el de pasar desapercibida, como si tuviese una capa de invisibilidad podía pasar sin que me viesen, con lo cual me ahorraba muchas burlas, aunque ya sabemos lo crueles que son los niños, que nadie está a salvo de los abusones.

La adolescencia fue quizás algo mejor en cuanto a relaciones: conocí a Sandra, que llevaba poco tiempo en el barrio -sus padres solían mudarse a menudo debido a sus negocios-. Para mi fue un soplo de aire fresco, y aunque en un principio bajaron algo mis notas, porque lógicamente pasaba menos tiempo con los libros, fue una época fascinante: pasábamos de los chicos, solo queríamos divertirnos; íbamos a cantar al parque y nos daba igual que desafinásemos, que hubiera gente o que hiciese un tiempo de perros. En octavo empezamos a tontear con los chicos. Tuvimos nuestros primeros novios (Luís el de Sandra y Raúl – ambos también eran buenos amigos) aunque, lógicamente no fue una cosa muy seria. Yo aparte de unos pocos besos y agarrarnos de la mano poco más, pero para mi fue un logro que costó meses… más de los que duró la relación, apenas dos semanas.

Mis padres nunca supieron de esta micro-relación. Si no seguro que me hubiesen dejado encerrada en casa hasta los 18 y con un cinturón de castidad. Yo tenía que tener extra cuidado, porque mi hermano Juan ya no estaba en el instituto, pero sí el pequeño Marcos. En una ocasión Sandra tuvo que agarrar de la mano a Raúl, y hacer como que era su novio, para estupefacción de todos para evitar que Marcos sospechase- Y su chico pilló un buen mosqueo hasta que le contó el porqué lo había hecho- Eso sí que es una amiga.

Y bueno, la facultad hizo que me abriese mucho más. Por aquel entonces, en una de las visitas de Sandra, me presentó a un amigo suyo: Diego. Y fue inmediato, lo que nunca me había pasado: amor a primera vista. Un sol, mi primera relación de verdad, mi primer gran amor y mi primera pareja sexual. Duró 2 años intensos. La cosa fue tan seria que hasta nos comprometimos. Pero la cosa no acabó bien.

Esos años de facultad fueron los de la apertura. Además de pasar una temporada “ennoviada”, salía de juerga, también tenía un trabajo de teleoperadora para poder pagarme los estudios y sacaba buenas notas. Aún así hay cosas que me costaban. Una es tímida y lo seguirá siendo toda la vida, aunque de vez en cuando haga pequeñas locuras. Conocí mucha gente, lo cual me enriqueció y aunque vivía aún con mis padres, se notaba distancia en la sobreprotección paterna.

Tengo múltiples anécdotas de la facultad. Tras lo de Diego, tuve algunos flirteos que no llegaron a más, porque era muy pánfila y tenía muchos miedos. Sí que hubo algún rollete. Aunque he de decir que mi timidez y el miedo fueron grandes protagonista de muchas de esas historias: como la vez que en una discoteca solté una bordería a un baboso y desde entonces mis amigas me apodan cuando salimos “la Sargento de Hierro”, de cómo me quedé enganchada en una tirolina y casi me da un ataque de pánico -eso sí, me “salvó” un chico que estaba buenorro, buenorro-. Y de cómo casi me echo a llorar en medio de una exposición en clase de Economía Internacional, porque uno de mis mayores miedos es el de hablar en público. Sé que es una fobia en toda regla: me pongo tan mala que empiezo a sudar y a temblar, incluso se me afloja la tripa. (Al ser fobia lo mismo Inma me puede ayudar en esto, tengo que preguntarle el próximo día)

Sobre las fobias y miedos escribiré otro día, al igual que el paseo de Marx y lo que me pasó con el chico del parque, que parece que nunca voy a llegar a ello y tengo ganas de contarlo, pero Inma dice que intente escribir cronológicamente para entendernos mejor.

Mañana sin falta cuento lo del final de la sesión, que fue muy, muy reveladora y después, sobre lo del chico sexy del parque.

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"Tienes que cambiar y una polla de goma no va a cambiar lo que tienes que cambiar."    
-Sandra       


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