Resacón en Madrid

Ayer fue una noche espectacular. He de reconocer que estoy escribiendo estas líneas aún un poco resacosa. Ayer bebimos mucho y dormimos poco, pero lo pasamos a lo grande.

La fiesta, como estaba previsto, empezó en unos cines céntricos: vimos la película “50 Sombras de Grey” y ahora ya sé porqué mi terapeuta sexual prohíbe hablar de la saga: fue una decepción. La película se hacía larga y era bastante lineal; la trama se resumía en “si me hago sumisa o no” y poco más. Todas coincidimos en que los protagonistas están estupendos y tienen cuerpazos y que las escenas de sexo no estaban demasiado mal… si esa no fuera la peli que es. Se quedaba corta y podían haber sugerido más. Por lo que decían dos de mis amigas, en los libros la historia es más concreta y da más detalles de las relaciones, aunque la opinión de cada una no podía ser más diferente: una estaba satisfecha con el resultado (es que le encanta el protagonista) mientras que a la otra nunca le ha gustado demasiado, solo se la leyó para poder tener un tema para hablar en el trabajo.

Pero el mejor resumen sin duda lo hizo Sandra en la cena -Chica sosa, maromo macizo con misma-expresión-facial-pa-tó, Tetillas, microcachín de matojo, torso de él, más tetillas, más tetillas, torso de él, culaco de él, cuerpo de ella, tetillas, tetillas, micro matojo, torso de él y un micro cacho de rabaco..- dos horas de película en solo 10 segundos.

Para cenar fuimos a un alemán cercano, y los camareros y comensales lo estaban flipando con nosotras. Sobre todo cuando empezamos a hacer chistes del estilo: “son más sugerentes estas salchichas alemanas que nos estamos comiendo que la película” o cuando Sandra empezó a gritar “¡venga chicas que hay puntitas para todas!” y todas, lógicamente, partiéndonos de risa. Los chistes sobre las salchichas se sucedían. Las salsas, las patatas y la película quedaban en un segundo plano. Alguien se comió mi “puntita” y yo haciéndome la ofendida se lo hice notar a las demás a lo que Carmen, con su gracia del sur, me dijo que “la próxima semana tendría una salchicha entera para mi…”. Todas sabían que el próximo sábado tenía una cita con Sergio y bromeábamos sobre qué tal iría, si recordaba el para qué tenía las tetas o de sí a él le daría tiempo a quitar todas las telarañas en una noche. Eran unas exageradas, pero lo que era cierto es que no recordaba hace cuánto que no estaba con un hombre.

Cervezas para arriba cervezas para abajo, brindamos por nosotras, por las salchichas y por el año nuevo chino. “Esperemos que este sea el año de la cabra y no de los cabrones”.

Al salir del alemán ya estábamos algo “contentas”. Le pusimos un antifaz en los ojos a Carmen para que no viese nada y unos accesorios típicos de despedida de soltera: que si un tutú, que si una corona. También le pusimos una banda que por delante ponía “reina de la fiesta” y por detrás, pintado a mano por Sandra (no podía ser otra) un “pa conejo el mío” y un logo del conejo de playboy dibujado en plan cutre. Como estaba en la espalda Carmen no lo podría ver… hasta que volviese a casa, claro. Y esa era la gracia.

Nos fuimos hacia el local de los Boys, llamando la atención de cualquiera que se cruzara con nosotros por la calle, no solo porque todas íbamos de rojo y muy arregladas, sino también porque íbamos cantando y hablando de salchichas, el tema de la noche, sin duda.

Yo nunca había estado estado en un sitio de Striptease… sí en salas de fiestas con shows mixtos, pero muy lights. Pero este local era un striptease de verdad: con sus camareros en tanga y pajarita, con su escenario y sus espectáculos donde acababan enseñando toda la “mercancía”. Cuando vino el camarero a ponernos la primera copa su paquete quedó peligrosamente cerca de la cara de Carmen, a lo que esta le soltó un -Señor boy, ¿podría quitarme la polla de la cara? – Se hizo un silencio y luego todas reímos. Sobre todo porque ella no sabía lo que la esperaba después: un show solo para ella, que tendría todo “el tema” en vivo y en directo y seguramente más cerca de ella aún.

A pesar de lo folloneras que solemos ser nosotras, comparadas con las demás asistentes éramos de lo más discreto: había grupos de chicas jóvenes que estaban de despedida de solteras, pero el ruido de verdad provenía de la otra parte de la sala: había un par de grupos de mujeres maduras, uno era una fiesta de divorcio, por lo visto, el otro no me quedó claro que celebrasen algo en concreto. Estas mujeres sin lugar a dudas se llevaban la palma en cuanto a obscenidades y hasta a mi me hacían estar algo incómoda por cómo trataban a los camareros, peor que si fuesen un cacho de carne. Pero por lo menos les dejaban buenas propinas en sus tangas. Había una señora que estaba tan bebida que empezó a meter monedas. Pobre hombre, ese trabajo no está pagado.

Así que tras un par de números un bombero-boy bastante buenorro (me refiero a la cara, porque de cuerpo todos están bien pero la mayoría suelen tener cara de brutos) preguntó por Carmen, que había un fuego que tenía que apagar. Ella exclamó: -¡¿Pero qué coño?!- y puso una cara entre temerosa y curiosa. Pero tonta no es y no puso nada de resistencia, se levantaron y se fueron a una habitación contigua. Nosotras seguimos con el espectáculo, riéndonos de todo: de cómo lo estaría pasando Carmen, de las salchichas, de la vida y de nosotras.

Al cabo de unos 10 minutos Carmen salió con otra cara, rojísima pero con una sonrisa de oreja a oreja. Bromeábamos por si había tenido final feliz…. y ella en venganza nos dio pocos detalles. Así que pasamos de los chistes de salchichas a sonsacarla. -¡Cuéntanos con pelos y señales! – le dijimos, y creo que fue Gabriela la que gritó -¡pero con muchos pelos!

La sorpresa de Carmen no quedó ahí: apagaron las luces del local y sonó la canción del cumpleaños feliz. En el escenario un par de Boys interpretaban la canción moviendo solo los pectorales a ritmo. (Daba bastante grima verlo, he de decir). Y fue entonces cuando Rebeca le puso la tarta del pene hiperrealista en toda la cara. Así que le tocó soplarle a la puntita, que ahí es donde estaba puesta la vela. Luego repartimos la tarta entre nosotras y algunos strippers y camareros y tras un rato de risa y subidón de azúcar nos preparamos para la siguiente salida, que aún nos quedaba noche por delante.

Rematamos la faena en una discoteca cercana, aunque esto me cuesta recordarlo. No suelo beber mucho y es rara la vez que me he emborrachado, pero supongo que la mezcla de la cerveza, el azúcar de la tarta y los mojitos hicieron más borrosa esa parte de la noche. Sé que estuvimos bailando, que hubo un momento que pusieron salsa y nos sacaron a bailar unos hombres de mediana edad. Y al final de la noche, a punto de coger los taxis, Carmen puso sus manos en paralelo… para por fin describir el tamaño del miembro viril del “boy” -Por eso era bombero el hombre, porque ya llevaba la manguera incorporada-.

Así acabó la noche: con los pies destrozados de tanto bailar pero una satisfacción enorme, de disfrutar como hacía tiempo que no hacía. Así que no fue raro que tras tanto trajín cayera en la cama inconsciente instantáneamente y no me despertara hasta el mediodía de hoy.

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"Tienes que cambiar y una polla de goma no va a cambiar lo que tienes que cambiar."    
-Sandra       


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