Sandra y la piscina

Mi rutina de deporte era bastante monótona: revisar la bolsa del gym, andar un kilómetro hasta llegar al gimnasio, ponerme los cascos, hacer deporte, a veces ir a la piscina -eso cuando no me entraba pereza mortal ponerme el bañador- y luego ducharme y punto. Pero Sandra lo convertía en todo un ritual. Ella tenía problemas en las rodillas por eso solo hacía yoga y piscina. Y hoy íbamos exclusivamente a la piscina.

En su rito era muy importantes los horarios: tenía en su cabeza las horas en las que habia mayor cantidad de buenorros. Ella decía que hacía más deporte por vicio que por necesidad: cuando estaba triste le daba por hacer ejercicio y de dar una alegría a la vista… Puede parecer algo superficial, pero lo cierto es que en el aspecto deportivo se lo tomaba muy en serio y se tiraba una hora entera nadando sin parar, con la única ayuda de un mp3 acuático. Yo siempre bromeaba con ella diciendo que somos dos razas distintas: yo de tierra y ella de agua.

Sandra cree firmemente en el Sexy-karma: En mi piscina suele haber señores mayores y señoras de bastante edad (las llamamos manatíes no solo por sus cuerpos, sino por su escasa educación). En la piscina de Sandra es todo lo contrario: es como un concurso de belleza en un olimpo de dioses. No sé si es por la zona en la que ella vive, pero hay muchos chicos que entrenan para competiciones de natación e incluso para triatlones. Chicos con gorros poco sexys (no hay nada más antierótico que un gorro de piscina) pero que lo compensan con sus cuerpos hercúleos, tan bien definidos, y esas super espaldas y brazos torneados. Por eso Sandra dice que siempre estoy castigada por mi Sexy-karma: como me pongo bañadores tristes y sosos, más cómodo para nadar, pero sin enseñar ni sugerir nada, pues el Sexy-karma me castiga y por eso solo hay abuelos y manatíes en mi piscina. Ella por el contrario prefiere estar algo incómoda pero seguir los dictados de su karma erótico-festivo: ya que ella se deleita con los cuerpos de los nadadores, pues que ellos también se alegren la vista con ella… Así que lleva unos bikinis que son la mar de bonitos y sugerentes y milagrosamente sujetan bastante bien.

Hoy no era distinto: yo llevaba como era normal mi bañador negro, neutral y nada sexy; pero ella iba impresionante. Tras cambiarnos intenté sonsacarla a ver qué es lo que quería contarme pero solo conseguí un: “lo primero era lo primero: hay que nadar un rato”. Así que estuvimos un rato nadando, pero claro, yo me cansé antes y empecé a hacer estiramientos en el bordillo. Después me aburrí y me sequé. Esperé unos minutos y ya por fin salió. Después hicimos unos minutos de sauna pero aún no quería decirme nada. Después nos tumbamos un rato en el solarium hablando de los pequeños placeres de la vida. Sandra habló de su sueño erótico en la piscina: en los vestuarios rodeada de chicos desnudos. Sin hacer nada, solo mirando. Pero no era de eso de lo que me quería hablar. De pronto miró el reloj y gritando:

-¡Ay… vamos rápido a la piscina! – Me agarró del brazo y salimos corriendo a la piscina. Yo no entendía nada. Nos sentamos en unos bancos mirando a los nadadores. Me parecía un poco canteo mirar a los nadadores porque sí, ni que fuesen monos en el zoo. Una cosa era cierta: era todo un espectáculo; se notaba que Sandra tenía pillada la hora los buenorros. Se lo comenté, a lo que contestó:

– No es lo que parece. No te he hecho venir a ver macizos porque sí. Mira; ¿ves al chico de la segunda calle?

– ¿El del gorro azul?- Pregunté intrigada.

– Quédate aquí.- Me dijo levantándose y acercándose al chico en cuestión.

Era gracioso verla ir hasta la piscina, con la toalla anudada a la cintura y ese bikini que hacía que sus curvas fuesen más pronunciadas aún. Además como no tenía intención de bañarse ya no llevaba gorro, con lo cual estaba muy, muy guapa. Me reía también porque veía cómo los nadadores se quedaban mirándola. Intentaban disimular pero no lo conseguían. Llegó finalmente a la segunda calle y a la que veía que se acercaba el nadador del forro azul metió el pie, para que él la viese. Como si de un anzuelo se tratase el chico se paró y miró hacia arriba, se quitó las gafas y de un impulso salió de la piscina. Menudo momento escena de anuncio de colonia: abrazó y besó a Sandra y yo flipándolo. La verdad es que no me lo esperaba, aunque sí que me lo tenía que haber olido siendo Sandra. Le cogió de la mano y se acercaron a mi. Nos presentó.

El nadador se llamaba Juan, y como diría nuestra amiga Carmen es de esos “que entran pocos en la media docena”. Esta vez Sandra se había superado. Hablamos muy poco, porque él tenía que seguir entrenando. Después nos cambiamos y le esperamos en la cafetería, mientras Sandra me contó que le había conocido en la piscina, lógicamente, y que se habían llamado la atención, mutuamente y no me extraña, menuda pareja explosiva. Él intentaba compartir calle con ella y Sandra se hacía la distante, con su mp3 y apretando el nado, haciendo que a él le fuese complicado seguirla. En un momento dado Juan le preguntó por el aparato (el mp3, se entiende) y si tenía relación con la rapidez con la que nadaba.

Así que empezaron a hablar, pero nada más. Por aquel entonces ella aún estaba con el nórdico, pero notaba que su relación estaba estancada y fría… más fría que de costumbre. Así que en cuanto cortó con el vikingazo empezó a quedar con Juan, pero tomándoselo con bastante calma: primero para nadar juntos, luego para reponer fuerzas en la cafetería y después para cenar. Curiosamente aún no había pasado nada sexual. Está batiendo un record, sin duda. Según ella, esta vez quería ir más despacio, que el chico prometía, además de ese cuerpo tenía una cabeza brillante, era arquitecto, tenía una pequeña empresa y lo que era mejor: tenía un gran sentido del humor.

Al rato se reunió con nosotras en la cafetería. A Sandra le había dado tiempo a hacer una oda a sus bíceps, cuádriceps, quínticeps y a otras partes de su cuerpo. Contaba también que le daba mucho morbo que no hubiese pasado aún nada sexual…  bueno, aparte de unos roces en la piscina.

Me cayó muy bien. Además de lo obvio, tenía tema de conversación y era muy salao. Me gustó mucho porque al hablar de ciertos temas se ponía de mi lado, en parte también para ganarme. Todo muy de coña, claro. Pero lo mejor sin duda era verles juntos: cómo se miraban, la química que desprendían, la complicidad que tenían sin casi conocerse. Lo poco que hablé con él me pareció además un tipo normal; vamos que no parecía un psicópata o un vigoréxico, preocupadísimo por su aspecto.

Me hubiese gustado estar un rato más con ellos, pero me tenía que ir corriendo, que Marx estaría con la vejiga a reventar, porque aunque le había sacado un rato antes de ir a la piscina, no había hecho todo lo que tenía que hacer. Así que me despedí de la pareja y me fui camino a casa muy contenta por mi amiga.

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"Tienes que cambiar y una polla de goma no va a cambiar lo que tienes que cambiar."    
-Sandra       


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