Sexta Sesión. Incomodidades

Menuda diferencia de estado de ánimo la de hoy martes. El cómo me desperté el día anterior y las cosas negativas que noté a lo bien que me sentía hoy. Ya no solo por la alegría que me llevé al cuerpo con el polvo de Sergio, también en el trabajo había rendido y había podido arreglar la acumulación del trabajo y algunas cagadas de ayer. Hoy además tenía sesión y después iba a quedar en la piscina con Sandra, que me tenía que dar una gran noticia y se empeñaba en ir a la piscina para decírmela.

Sobre el admirador secreto del trabajo decidí no comerme la cabeza. Aunque no lo quisiese reconocer, el día anterior había estado mirando de reojo a mi alrededor bastantes veces. Tal vez por eso mi eficiencia en el trabajo había sido pésima, pero ahora estaba concentrada, pensando que si trabajaba bien incluso podría salir antes.

Llegó la hora de la sesión, la sexta. Fue más tranquila que otras veces. Mi único deber la semana pasada era “vivir”, así que le conté con detalles lo que pasó y cómo me sentí.

– Enhorabuena por los avances. Veo que no has perdido el tiempo -dijo con una risa pícara- No te creas que la gente es capaz de lo que has hecho con tan pocas sesiones.

– Gracias. La verdad es que estuve pensando en echarme atrás en varias ocasiones. Pero pensé que tenía que hacer algo diferente. “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo” que decía Einstein. Además muchas veces he acabado saboteándome a mi misma por miedo y no quería que se volviese a repetir la misma historia.

– Exacto. Las cosas más interesantes pasan fuera de nuestra zona de confort. Tendemos a querer tener todo controlado, pero la vida no funciona así. No hace falta ir a los extremos, ni ser un kamikaze, pero un poco de improvisación nunca viene mal.

– Tengo una duda: el hecho de notar que me miran más.

– Creo que te preguntabas en tu blog si tenías algo especial. Efectivamente: todos tenemos algo especial. Lo único es que en ocasiones nos ocultamos y pasamos más desapercibidos… o tal vez estamos menos receptivos y nos hacemos invisibles.

– Es como si me hubieras quitado una capa de invisibilidad. Al principio me incomodaba un poco. Incluso gente en la calle piropeando, que siempre lo he llevado muy mal y me da ganas de contestar “si ya sé cómo estoy”. Pero ahora lo tomo más a risa. Lo que también me ha extrañado que a mis treinta me está pasando lo que nunca me ha pasado antes, que haya varias personas interesadas en mi…

– Que te hayas dado cuenta. Seguramente ahora estás más atenta a las señales, además que también eres más consciente del atractivo que tienes y que escondías. Y no me refiero a ropa, ni pintalabios. Sabes que soy pesada porque siempre estoy hablando de la importancia de la actitud, pero eso es lo que marca la diferencia: ser más natural, mostrarse como una es, sin miedo al que dirán es el mayor atractivo de cualquier persona.

– Es posible.- Dije aún un poco dubitativa.

– Decías también que estabas a gusto sola y que no querías nada con nadie. Este es uno de los miedos más normales cuando la terapia va bien. Cuando te quieres no necesitas obligatoriamente una relación romántica que te complete- Tu ya eres un ser completo, lo demás es un extra. El miedo de empezar una relación seria es normal que aparezca, pero vamos, que el rumbo que toma y si no me equivoco mucho, es una relación de follamigos.

– Por un lado quiero que sea así, pero por otro lado me da miedo pillarme o que se pille él.

– Venga, que ya sois mayorcitos para superar una decepción amorosa. ¿Crees que él o tu os vais a enamorar como en un cuento de hadas y os va a explotar el corazón si eso acaba? Eso no pasa tanto, y los corazones no explotan, pueden dañarse pero el tiempo todo lo cura. Y ten en cuenta que hay muchas posibilidades de que la relación se quede en eso.

– Sí, supongo que no debo estresarme y fiarme de mi instinto sin miedos. Lo estoy pasando bien, la verdad.

– Pues ya está. Para terminar la sesión quería hacerte una pregunta incómoda: ¿Tu familia te ha notado cambiada?- Inma tenía en su cara un gesto de reto.

– A decir verdad hace tiempo que no les veo… mis padres viven en un pueblo en las afueras (muy afueras) de Madrid. Y a mis hermanos tampoco, porque parece que tienen agendas ministeriales.

– Suponía que me ibas a decir algo así. Porque no me has llegado a hablar de ellos más que aquella vez que hablaste de ti y de tu infancia.

– Ya. Lo peor de todo es que siento un pequeño sentimiento de culpa, porque también yo suelo estar muy liada y me da mucha pereza el desplazarme y verles.

– ¿Y telefónicamente?

– Sí que hablo con mis padres una vez a la semana pero tampoco hablamos de cosas muy profundas… En breve será el día del padre, así que ahí sí que nos veremos todos.

– Tal vez sería interesante que vieses a tus padres antes, que no haya tanto lío de festividad. A ver si te notan el cambio. Así verás tus progresos desde otra perspectiva.

No quería ni pensarlo. Me daba una pereza inmensa. Pensar primero en quedar, seguro que mis padres pensarían que me pasaba algo para ir a visitarles porque sí. Después llegar y por último estar ahí, seguramente aguantando el chaparrón. Mi madre siempre conseguía crisparme, y estaba de un humor tan bueno que no quería amargarme. Inma interpretó mi cara a la perfección.

– Cosas más difíciles has hecho. No te pido mucho, solo que hagas por verles y así saber cómo está vuestra relación. No hace falta verse mucho para tener una relación sana con las personas.

Así que quedamos en eso. La próxima vez que quedásemos le contaría qué tal me había ido con mis padres. Tenía tiempo de sobra para verles, porque Inma se iba una semana de vacaciones, así que tenía dos semanas para quedar con ellos. Por otro lado me dijo que siguiera en la línea de estas semanas, que no bajase la guardia y que disfrutase. También me advirtió que la próxima sesión sería más introspectiva y que lo mismo tocaba cosas que no serían muy cómodas. Me intrigó e inquietó bastante. Y que no olvidase que si necesitaba algo urgente podía escribirle a su correo.

A pesar de saber que tenía unos “deberes” algo difíciles me sentía pletórica: el tiempo estaba cambiando, casi parecía que la primavera hubiese comenzado y se podían ver algunos insectos, avispas y mariposas. Cualquiera diría que estábamos a principios de marzo. Saqué a Marx antes de su horario habitual, luego quedaría con Sandra, íbamos a vernos en su piscina (normalmente voy a otro gimnasio que me pilla más cerca), pero ella estaba empeñada en ir al suyo, porque quería contarme ahí y solo ahí una noticia.

Lo que allí ocurrió merece otro texto aparte.

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"Tienes que cambiar y una polla de goma no va a cambiar lo que tienes que cambiar."    
-Sandra       


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