Tarde en la Sierra

-Vamos, que lo que necesitabas era un polvo bien dado.

Fue lo que me contestó Sandra cuando le conté todos los detalles de la cita. Estábamos en la sierra, haciendo senderismo con raquetas, que hacía un día espléndido, con un sol intenso y necesitábamos coger aire fresco.

Fui un poco mala y en todo el trayecto en coche no le conté sobre la cita, prefería esperar a estar paseando para darle pelos y detalles. Pero sí que le fui contando la semana con la “potenciación sensorial” de la terapia con Inma, y comparamos vivencias, porque al fin y al cabo ella había hecho antes que yo la misma terapia, aunque con menos sesiones. Coincidíamos en que nos sorprendió darnos cuenta que no disfrutamos del momento como deberíamos… a menos que la vida nos dé un susto, claro. Sandra sufrió un accidente de coche en el que salió casi ilesa de milagro, desde entonces todo lo ve con más perspectiva y sabe de lo que habla.

El sol calentaba, a pesar de estar a principios de marzo hacía un día primaveral. Me sentía plena caminando con mi amiga. La idea era haber quedado con las demás, pero una de ellas tenía obligaciones con la familia política y creo que a las demás les dio pereza. Pero Sandra y yo teníamos ganas de caminar y ganas de contarnos muchas cosas.

– No sé, se me hizo raro el momento de después, creo que no sabíamos hacia dónde nos llevaba esa noche.

– No te comas el coco mujer, disfruta. Lo que sea será. Pero cuenta, que no has terminado de decirme qué pasó al día siguiente.

– Me desperté algo desubicada, aún estaba (no sé cómo) en el hueco en su pecho. Le miré, estaba muy guapo, con su pelo tupé puntiagudo despeinado y relajadito, sin ese gesto de chico sobrado…

– ¿Igual que el gesto que puso al tener el gatillazo?

– Qué mala eres… bueno, es verdad que en ese momento también tenía otra expresión en su cara más… ¿modesto? No sé cómo decirlo.

– Pero aún así seguía buenorro…

– Sí, mujer. Además yo estaba muy agustito, pero tenía la vejiga llena… así que intenté moverme sin hacer mucho ruido y es cuando le desperté. Me dio los buenos días y un beso y magreos incluídos. No quería hacerle la cobra pero mi vejiga era prioritaria, así que le dije que tenía que ir al baño y me dijo que me esperaba en la cama.

– Ese quería temita…-dijo Sandra con una sonrisa pícara.

– Sí, quería un doblete. Así que en el baño hice lo que fui a hacer ahí, me acicalé un poco y me dije: “¿y por qué no?” Así que volví a la cama, un poco expectante, a ver qué pasaba. Me dijo que si quería dar una vuelta o quedarme en la cama, que podía traer el desayuno y la comida, si quería.

Sandra se reía, gritando que si había desatado a la fiera. Si hubiese habido más nieve, estoy segura que habría producido un alud.

– Le dije que me parecía bien, pero que la comida mejor fuera de la cama para estirar las piernas. Tenía algo de hambre pero empezó a acariciarme y besarme… así que acabamos haciéndolo one more time.

– ¿Más gatillazo?

– No, esta vez no. Fue interesante, de lo frágil que me pareció la noche anterior y por la mañana volvía a tener ese aura chulesco y sobrado. No me importó, aunque creo que prefiero su faceta vulnerable a la empotradora.

– ¿Posturas?

– Oye… ¡que yo no te pregunto esas cosas!

– Porque eres poco curiosa.

– Bueno, solo diré que me hizo estirar bien las piernas… y que me devolvió lo que le hice la noche anterior, un poco de ese sufrimiento de “no puedes moverte, solo déjate hacer”.

– Y tú sufrirías…

– Claro.

A esas alturas ya casi ni caminábamos, estábamos muertas de risa. Sandra empezó a engolar la voz haciendo que imitaba a Sergio y diciendo obscenidades del tipo “te voy a dar lo tuyo”, “te voy a meter de todo menos miedo” y hacer amagos de darme un azote en el culo. Nos cruzamos con algunas personas que pensarían que éramos una feliz pareja de lesbianas. De repente Sandra se puso muy seria:

– Pero no te hizo sentir mal, ni nada de eso…

– Claro que no. Esto no es como lo de 50 Sombras de Grey, todo fue muy normal y no hubo azote ni nada.

– Lo dices con tristeza.

– Es que un azote dado en su justo momento…

Seguimos de coña. Terminé de contarle que tras el segundo encuentro sexual desayunamos y volvió a pasar lo mismo que el día anterior: el de no saber hacia dónde nos llevaba ese encuentro, si era algo serio o más bien esporádico, como tenía pinta. Pero ninguno de los dos abrió la boquita.

– Así que dije que tenía que irme, que no era plan de dejarte todo el día a cargo de Marx (gracias por cierto por sacarle) y que tenía que irme a patear la montaña con mis amigas. Sé que fuí un poco cobarde, porque le podía haber invitado… o haberlo cancelado y haberme quedado en su casa pero…

– Tenías miedo de quedarte escocía.

– ¡Qué fina eres! Pero sí, en parte sí, en parte necesitaba alejarme de él, para poder pensar en lo que había pasado y qué sentía. Aunque creo que tengo claro que Sergio solo es un polvo esporádico.

– Mujer, tómate tiempo para pensártelo, quien sabe si puede ser algo más.

– Me da a mi que tenemos gustos diferentes… y no sé… hay algo que no me cuadra, pero tranquila, que me lo tomaré con calma.

Justo en ese momento sonó una notificación en el móvil, era Sergio. No quise mirar el mensaje, prefería charlar con Sandra, así que dejé el móvil en modo avión. Ya le contestaría por la noche, que aún quedaba montaña que explorar.

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"Tienes que cambiar y una polla de goma no va a cambiar lo que tienes que cambiar."    
-Sandra       


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