Torbellino de sensaciones

La sesión de ayer fue algo mágica y muy “práctica”, aunque debería explicarme, porque teniendo en cuenta que es terapia sexual puede dar lugar a equívocos: tratamos el tema de potenciar los sentidos, el sexto punto de su decálogo:

“Valorar lo que tenemos y mejorar lo mejorable
Este es uno de los puntos más importantes de la terapia: aprender a usar nuestros sentidos de tal forma que cualquier estímulo, por pequeño que sea, nos de placer (no solo sexual). Optimizando nuestra forma de percibir las sensaciones conseguiremos valorar las pequeñas cosas de la vida, los detalles hacen que apreciemos más lo que tenemos y pueden ayudar a construir relaciones mucho más sólidas y que seamos más felices con menos.”

La primera parte de la sesión la dedicamos a repasar lo que había apuntado en mi agenda sobre las “experiencias sensoriales”.

Sobre el Oído:
Dediqué unos minutos al día a escuchar los sonidos “de la casa”. Al principio no oía gran cosa, pronto podía percibir el sonido que producían los vecinos: pasos, sonido de la televisión, sexo esporádico… Nada que fuese fuera de lo normal, aunque me llamó la atención que lo que yo antes tenía por silencio no lo fuese realmente, siempre había algo, aunque fuese la respiración de Marx.

Aproveché mis trayectos al trabajo para escuchar música con los cascos. Me centraba en distintos instrumentos, dejando de lado la parte vocal, descubriendo de esta forma nuevos matices y sonidos que me eran desconocidos. Probé a dejar los cascos con la clavija a medio meter. Recuerdo que de pequeña me gustaba oír así las canciones porque se oían como en un túnel, de una forma muy extraña. Sonreía en el tren, pensando que sin duda hay muchas canciones que no volvería a oír de la misma manera.

Los paseos por el parque también me ofrecieron varios momentos especiales: Escuchar atentamente los sonidos de la “naturaleza”. A pesar de vivir en Madrid centro, en medio de los parques puedes encontrar todo un oasis de sonidos de naturaleza, sobre todo con el canto de los pájaros, así como también descubrir viejos sonidos que resultan placenteros como el de una cadena de bicicleta, o las risas de unos niños jugando en los columpios, el ladrido alegre de Marx o el sonido de la lluvia cayendo.

Sobre la Vista:
De cuando en cuando intentaba mirar con otros ojos las cosas: en el trabajo me resultó algo difícil, todo es muy aséptico y gris… Donde más le saqué partido es cuando fui a la piscina y pude maravillarme con los cuerpos de los nadadores. Pero no verlos esta vez de forma “sexual” sino como simple y perfecta anatomía. Y lo mejor: el color y los matices de los atardeceres en Madrid… bueno, eso es algo de lo que me suelo maravillar, pero empecé a mirarlos como si fuese la primera vez que los veía. Una nueva experiencia.

Sobre el Olfato:
Saqué más partido aún a mis olores favoritos: como el olor a lluvia, o de una buena pizza artesanal con orégano, el chocolate fundido o las rosas… También descubrí la cantidad de recuerdos que evocaban ciertos aromas, la mayoría alegres, aunque hubo un olor que inmediatamente me produjo un ataque de melancolía: un hombre con el que me crucé paseando a Marx llevaba la colonia de Diego. Lo único positivo es que a continuación olió fatal, creo que alguien se había tirado un pedo, así que me quitó el recuerdo de un sopapo. Pensé que eso era el mejor ejemplo de como sacar algo positivo de algo malo.

Sobre el Gusto:
Degustar la comida despacio, como si no fuese a comer en un mes, fue otra de las experiencias más extrañas y sorprendentes. En la cantina del trabajo intenté practicar discretamente, aunque pronto mis compañeras de mesa preguntaron extrañadas. Les dije que era bueno comer más despacio para saciar más comiendo menos y que resultaba más placentero comer así que no devorar la comida. Creo que se pensaron que me había dado por hacer algún tipo de dieta.

Sobre el Tacto:
Lo que más me gustó, creo que porque lo usamos muy poco. Las yemas de mis dedos me transmitían texturas y tactos de todo tipo. El cerrar los ojos y tocar, por ejemplo la silla de la oficina y sentir el patrón del tejido, las rugosidades en los dedos hacía que pasase de algo ultrasensitivo a algo sensual. El traqueteo del tren, que en ocasiones era algo desagradable, parecía que fuese una atracción de feria. Y en casa el probar a tocar mi cuerpo de esta forma nueva, como si me acabasen de poner esa piel y dejando cualquier matiz sensual a parte, hacía que fuese muy agradable, ¡era más suave de lo que yo pensaba!

Cuando terminé de leerle todas las experiencias, Inma me felicitó con una sonrisa (por lo visto le había hecho gracia lo de que era más suave de lo que recordaba). Me dijo que había aprovechado muy bien la semana, que normalmente la gente no le da tanta importancia al ejercicio de los sentidos y pasa del tema, así que haríamos una cosa muy especial para terminar la sesión. Salió un momento de la sala y me hizo cerrar los ojos antes de volver a entrar y me pidió que no los abriese hasta que ella me dijese. Entonces llegó la magia: Olía a chocolate y otros aromas dulces, empezó a sonar una música relajante, muy baja, con sonido de pájaros a lo lejos. Sentí entre los hombros algo suave, al principio me sobresalté al pillarme desprevenida, debía ser un fular, muy agradable al tacto. Me pasó una serie de texturas entre los dedos: tenía que describirlas y decidir si era agradable o desagradable. Después me dijo que sin abrir los ojos cogiera lo que me iba a dar y que si me apetecía oliese y probase. Era una pequeña tacita que olía a chocolate, así que me lancé a probarlo. Era un buen chocolate a la taza, muy caliente y reconfortante. Luego pasó a otro, más dulzón, que debía ser chocolate blanco fundido, no me pareció tan rico en comparación. Para finalizar me pasó otro que olía y sabía a una crema de leche merengada o algo con canela y limón. Estaba muy rico e iba a tomar otro sorbo cuando Inma me detuvo y me dijo que esta vez lo bebiera pensando que sería la última vez que lo probaría, como si me fuese en un instante de este mundo, como si me fuese a morir mañana. Ahí noté una gran diferencia. La voz de Inma pasaba a un segundo plano, mientras decía algo como: “Esto es vivir, exprimir cada detalle, estrujarlo, sentir gratitud, con lo que somos y con lo que tenemos, lo que muchos se pierden por no degustarlo, hay que agradecer estos pequeños placeres”. Tenía los sentidos a flor de piel, estaba a punto de llorar de felicidad. Fue cuando escuché que se abría la puerta, pensé que Inma salía, pero no: se oyeron unos pasos y es que había entrado alguien. Una voz aterciopelada y varonil empezó a cantar muy cerca unos fragmentos de “End of The Road” de Boys II Men. Me pareció tan bello que ya no pude más y empecé a llorar. A los pocos segundos Inma me dijo que podía abrir los ojos. Era real, ahí había un morenazo impresionante, con unos brazos enormes y unas facciones muy bellas cantándome. Pensé al principio si es que me había metido algo alucinógeno en los chocolates, pero no. Era real. Me sentí un poco tonta, llorando como una niña, pero Inma me dijo que eso era bueno, porque podía potenciar esa capacidad de sentir, que no todo el mundo se abría así y que llorase todo lo que tuviese que llorar. Le dio las gracias a Patrick y le despidió, yo estaba tan impactada que no pude ni despedirme. Pensé que era un ángel… pero no, me dijo que Patrick trabajaba en la consulta, pero en otro tipo de terapias más “prácticas”. Su especialidad: mejorar las relaciones sexuales de parejas.

Cuando se me pasó la llorera expliqué todo el torbellino de emociones que había sentido: a pesar de la incertidumbre de que no sabía lo que iba a pasar no tenía miedo, sino curiosidad. Los dulces eran deliciosos y lo mejor la voz de Patrick.

Con ese subidón se terminó la sesión. Esta vez no tenía más deberes que “vivir”, comentar mi semana y prepararme para la cita del sábado. Ya la semana siguiente habría un “cambio de tercio” según me dijo Inma de forma enigmática.

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