Viernes 13

Hoy viernes 13, ya empezaba a remontar. Reconozco que pensé que sería más difícil recomponerme, no sé si es la experiencia o la edad. Hoy mi cabeza me mandaba mensajes positivos, como que me iba a comer el mundo, que lo de Sergio al fin y al cabo era una follamistad, y como tal nunca podría ser algo duradero.

Me arreglé más que otros días y pisé con más seguridad y garbo que otros días. Y me hice la promesa de no arruinarme el fin de semana. Sabía que el domingo tendría el trance de hablar con Sergio (lo cual no me apetecía nada, pero creo que al menos le debía dejarle que se explicase) Pero mientras, quedaba todo un fin de semana por delante.

Ya era casi la hora de salir, las 15h, que los viernes tenemos horario intensivo y apurando el trabajo y absorta como estaba no me di cuenta de que había un chico esperando. Al principio pensé que estaba esperando a uno de los compañeros que estaban a mi lado, pidiendo unos papeles a una compañera, pero no, porque se fueron y me dejaron sola en el despacho y él seguía clavado. Y me miraba de reojo. Ahí cuadró todo. ¿No sería este mi admirador secreto? El chico me resultaba conocido. No sé si me lo había encontrado alguna vez en el ascensor. Donde sí le ubicaba era en la cafetería, en la hora de la comida; se sentaba cerca de la máquina de refrescos. No es que me llamase especialmente la atención, para mi era otra de las muchas caras de la cafetería, alguien que solía estar en el mismo sitio, a la misma hora, al igual que yo o muchos de mis compañeros.

Estaba cortada, ¿qué se suponía que tenía que hacer? Seguramente no podía haber sido más inoportuno, con todo lo que había pasado esta semana. Recogí rápidamente. Mi idea era saludarle y sostener lo que pudiera la mirada – sin imponerle- solo para darle la oportunidad a hablar por si quería decirme algo.

– Hola.- dije afablemente

-Hola. -contestó él algo cortado.

Se hizo unos segundos en los que esperé a ver si decía algo más. Era un chico alto, delgado, muy bien peinado y con gafas. Podría haber sido un ratón de biblioteca o tal vez el típico friki-informático. (Sin ofender, tengo amigos y amigas friki-informáticos). Como seguía sin hablar tuve que preguntarle.

– ¿Esperabas a alguien?

– Sí, a ti. Vengo a entregarte unos papeles… trabajo de última hora.

Me sentí estúpida, pensando que era el admirador secreto, porque por cómo actuaba daba el pego. ¿Y ahora resulta que tenía que hacer horas extras? Estaba a punto de maldecir al padre del fundador de la empresa, pero antes cogí las hojas que me dio, pero eran folios en blanco.

Él, mientras había aprovechado que estaba ojeando las hojas para darse la vuelta y salir casi corriendo, vamos huyendo. Yo acerté a decirle antes de que cogiese el ascensor:

– ¿Eres el chico de la 7ª planta?

Él solo agachó la cabeza y pulsó el botón. Yo lo interpreté como un “sí”. No sé porqué lo hice, pero ya estaba cansada de tonterías, y quería dejar las cosas claritas. Si tenía algún interés por mi no era el mejor momento y no quería que nadie tuviese ilusiones por mi y no me importaba decírselo clarito: estaba pasando por una ruptura y ya había demasiados corazones destrozados para que hubiese otro más. Así que salí corriendo, pulsé el botón del otro ascensor. Pero no llegaba, así que bajé las escaleras corriendo, de dos en dos. Gracias a que el ascensor de mi trabajo no es muy rápido y mis horas de gimnasio, pude llegar justo antes de que se abriese el ascensor en la planta baja. Es probable que tuviese pintas de loca, jadeando, despeinada y casi bloqueando la puerta del ascensor para que no escapara su ocupante, pero quería hablar con ese chico y dejar las cosas claras.

Su cara fue un poema, estaba rojo, seguramente por vergüenza propia y tal vez ajena (la gente del hall se quedó mirando la escena). Lo que está claro es que no se esperaba que bajara cuatro plantas por las escaleras para interceptarlo antes de que pudiera salir.

– Perdona, solo te quería dar las gracias… pero no hacía falta – dije casi sin aliento.

– De nada.-dijo mientras se escurría entre el marco del ascensor y el hueco que no podía tapar con mi cuerpo, sin volver a levantar la mirada del suelo.

Y salió por la puerta. Sin decir nada más. Iba a perseguirlo, pero ¿de qué hubiese servido?

“Soy el imán de todos los raritos” me dije para mis adentros.

Cogí el ascensor de nuevo, que había dejado todas mis pertenencias en el despacho. Al entrar vi que estaban todas las hojas desparramadas en el suelo, y es que había salido corriendo tirando lo que tenía en las manos.  Al recogerlo me di cuenta de que había un sobre cerrado con mi nombre. Tal vez no quería hablar conmigo, solo dármelo y no sabía cómo, de ahí que se hubieses cortado tanto cuando le perseguí. Curiosa, abrí la carta.

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